domingo, 20 de octubre de 2019

ÉPICA SILLMAREM (2019)






DESCRIPCIÓN



Épica Sillmarem, es una selección de los momentos más relevantes de los principales protagonistas del universo de Sillmarem. Bien sea en su vertiente más épica y heroica, (lo cual también incluye sus actos de acción y bélicos más destacados), así como su faceta más espectacular, o sus escenas más dramáticas. Toda cultura y civilización posee la belleza propia de su identidad enraizada en sus mitos e historias orales, perpetuando y ofreciendo tanto su sabiduría como realidades y enseñanzas intemporales propias del género humano a lo largo de los siglos. 

Temas como el amor, la venganza, la lealtad, el sacrificio, la pasión, la traición, el ingenio humano, el sufrimiento y la esperanza, por citar algunos. Suelen ser ofrecidos al lector o simplemente contados alrededor de un buen fuego, bajo las estrellas de la noche a modo de enseñanza, entretenimiento o recordatorio de lo que en realidad somos, y lo que podemos en cierto modo llegar a ser o emular…

Quizás haciéndonos ver esa chispa divina de auto superación que todos albergamos en lo más profundo de nuestro corazón, a lo largo de la humilde aventura de nuestra vida.


Épica Sillmarem, ha sido publicada en formato digital en el año 2012, siendo incluida posteriormente en la edición de: La enciclopedia de Sillmarem. Se le ha incluido la novela corta Ravalione, extraída de una de las líneas argumentales de los dos primeros libros de la Pentalogía de Sillmarem. Algunos de sus contenidos han sido publicados en el blog oficial de Sillmarem. 




ISBN: 9780244828370

Copyright GABRIEL GUERRERO GÓMEZ 

(Licencia estándar de derechos de autor)

Edición SEGUNDA EDICIÓN

Publicado 20 de octubre de 2019

Idioma Español

Páginas 228

Formato de archivo PDF 

Tamaño de archivo 1.47 MB

ID del Producto 24288645















RAVALIONE (2019)






DESCRIPCIÓN





         En pleno corazón del Imperio, un enigmático aristócrata forja un oscuro plan para dominar a toda la raza humana...




La Walkiria 



En la ciudad de Thanos capital del planeta Ekatón, el Conde salió por una puerta a un pasillo de mármol blanco y azul, en cuyas paredes colgaban antiguas armas y cabezas de piezas cazadas por él mismo. Todo un entramado de corredores partía del mismo a su derecha e iz­quierda. Giró por un pasillo repleto de estandartes y tapices que representaban escenas mitológicas de la antigüedad. Finalmente penetró en una sala en la que había un gran piano. Se sentó y comenzó a tocar una estrofa de la Rapsodia Húngara núme­ro dos de Franz Liszt. Con los ojos cerrados, las notas brotaban del afinado piano hasta que a sus espaldas se presentó, con un taconazo, una Walkiria imperial. 

El Conde prosiguió tocando durante unos segundos más, se detuvo pensativo, puso ambas manos sobre sus muslos, se giró y alzó la barbilla. Se levantó y la observó de hito en hito, paseó a su alrededor estudiándola severamente y volviendo a sentarse jugueteó distraídamente con las teclas del piano. Estudió con curiosidad a la oficial que se erguía orgullosa ante sí. 

Alta, atlética, rostro de finos rasgos enmarcando dos lentes artificiales azules que ocultaban sus iris rojos modificados genéticamente. Militarmente se había comprobado que podían golpear la psique del enemigo provocándole un gran terror y pánico. 

La Walkiria sabía que el Conde era un auténtico melómano, un consu­mado erudito de la música de los muy antiguos, de la época paleoespacial para ser exactos. La guerrera permanecía inmóvil. Sus ojos parecían dos diminutos icebergs. Según sus informes, era un elemento hábil, de amplios recursos, perfecta para llevar a cabo la delicada misión que se le había encomendado, un trabajo de primera magnitud. Sus Walkirias poseían un riguroso código entre sus hermanas. Una faná­tica lealtad y obediencia que lo eran todo y donde la traición se pagaba con un cruento castigo. A la condenada, una vez decapitada, se le abría el abdomen y se introducía la cabeza dentro. Encantadoras, pensó el Conde. Este fue el primero en romper el silencio: 

—Comandante, ¿os ha confiado ya Mesala las instrucciones con los por­menores de vuestra misión? 

—Sí, mi Señor —contestó la Walkiria con voz formal, la mirada al frente, el pecho alto, su respiración lenta y completamente firme. El Conde hizo un gesto a la Walkiria. Esta descansó separando ambas piernas y cruzando las manos tras la cintura. 

— ¿Y bien? 

—Todo está preparado y dispuesto, mi Señor. Únicamente falta vuestra aprobación, Sire. 

El Conde volvió a estudiar el aspecto de aquella musculosa oficial, desnudándola con la mirada de arriba a abajo. Botas de caña alta, un sofisti­cado uniforme negro, casaca con doble abotonadura de oro. 

En su hombrera derecha portaba una boina negra que, al igual que sus mangas, lucía el plateado símbolo de las Walkirias imperiales, una guerrera montada sobre un caballo alado. 

En su pecho izquierdo lucía una tarántula con un reloj de arena dibujado sobre su espalda. Apoyando la mano en la barbilla, el Conde súbitamente preguntó: 

— ¿Nombre y graduación? 

La Walkiria se envaró. 

—Número 444Z82X415. Comandante en jefe de los Comandos Escorpiones, Valentina Yekaterina Naína Iósifovna, responsable de los comandos especiales de las Walkirias imperiales, mi Señor. 

— ¿Tu nombre de guerra? 

—Wotan. 

— ¿De cuántos elementos dispones, Comandante? 

—Quince, mi Señor. Todos de máximo nivel. 

— ¿Cuál es tu objetivo secundario? —preguntó el Conde lanzando una penetrante mirada a la Walkiria y asegurándose de lo certero de su elección. 

—Capturar viva o muerta a la primogénita del Archiduque de Portierland, Rebecca Svetlana Avalon Portier Sillmarem, prima del Príncipe heredero al trono del delfín. 

—Tu objetivo primario, defínemelo. 

—Capturar vivo a Valdyn Alekssandros Atlanen Sillmarem, heredero de Marelisth, futuro Príncipe de Sillmarem y Señor de los mundos de Sill. 

—Bien, bien. Solo responderéis ante Mesala y ante mí. ¿Os queda claro Comandante? 

—Sí, mi Señor. 

—El General en jefe de los Casacas negras no debe saber absolutamente nada sobre vuestra misión y sus pormenores 
—señaló el Conde— ¿Entendido? 

—Sí, mi Señor. 

— ¿Vuestro servicio de espionaje? 

—Mis agentes llevan casi tres años preparando esta operación. Todo está perfectamente sincronizado, mi Señor. 

—Mesala me informó de que vos fuisteis la que terminó el trabajo con el Archiduque de Portierland. 

—En efecto, mi Señor —respondió la Walkiria mientras una oleada de orgullo coloreó su rostro. 

—Yo nunca dejo de recompensar un trabajo bien hecho. 

El Conde sacó de un bolsillo interior de su casaca, un pequeño saco de seda lleno de piedras preciosas y se lo lanzó a la Walkiria. 

—Buen trabajo. Esto es para ti y tus hermanas. Cuando vuelvas, habrá más, mucho más. 

La Walkiria se inclinó con una profunda reverencia. El escorpión dorado que pendía en su pecho destelló con fuerza al recibir de lleno la luz de un candelabro de cristal situado a la derecha del Conde. 

—Tenéis un prometedor futuro. Aprovechadlo. Partiréis hoy mismo. Espero que no me decepcionéis, comandante Iósifovna —dijo el Conde con un tono de voz que se tornó frío. 

—Mi Señor, os traeré sus cabezas o moriré en el empeño. Os lo juro. 

—Irás directamente en una nave–parna a Thenae. Si surge alguna com­plicación, Mesala te brindará su ayuda. Y recuerda, nadie debe conocer vuestra identidad, ni la de vuestras hermanas. 

—No, mi Señor. 

—Podéis retiraros, Comandante. 

—Mi vida es vuestra, mi Señor. 

La Walkiria imperial se arrodilló e inclinó la cabeza mientras se llevaba la mano al pecho. Acto seguido se irguió, dio un fuerte taconazo, giró sobre sí misma y salió con paso seguro de la habitación. El Conde permaneció inmóvil, hundido en profundas reflexiones, cuando los pasos de la Walkiria se perdieron en la oscuridad, se levantó sonriente. Puede que yo también llegue a ser Imperator, pensó con regocijo. 

Abrió una puerta a su derecha, oculta tras un biombo, y atravesó un es­trecho corredor sintiendo cómo al final del mismo, alguien estaba tañendo un samisén con maestría. Desembocó en un discreto recinto de mármol adornado con flores de cerezo y crisantemos de cerámica. Apartó con su mano dos cortinas de terciopelo percibiendo, entre la trémula iluminación de varias velas hábilmente dispuestas, el semblante de porcelana de una geisha ataviada con un kimono fresa de la más fina seda de Chaney. Dos dulces ojos de gacela, sin dejar de sonreír, aguardaban pacientemente la presencia del Conde. 

En el íntimo confort de la penumbra, con el incienso saturando el ambiente y sin intercambiar una sola palabra, le ayudó a desvestirse e introducirse en un baño de cálidas aguas. Comenzó a frotarle la espalda y empezó a cantar suave­mente una antigua melodía sobre la primavera. Los agotados nervios del Conde recuperaron su sosiego con las delicadas y oportunas atenciones de aquella dama altamente refinada, sintiendo su fascinadora calidez y melosidad. Acto seguido, el Conde, con una toalla blanca alrededor de la cintura, salió aún chorreante y se tumbó sobre una aterciopelada alfombra, sintiendo la pericia de su geisha en el ancestral arte del masaje. 

—Hummm, Kimura eres la mejor de mis posesiones. Mi joya favorita. 

—Mi felicidad es serviros y complaceros, mi Señor. Vuestra felicidad es mi felicidad. ¿Tuvisteis un buen día? 

Kimura sabía que con las palabras oportunas amortiguaría el estrés de su Señor. El Conde sonrió. 

—Mi pequeño zafiro de Sislan, de sobra sabes cuán profundamente me molesta tratar con esa bola de grasa de Slava Taideff. 

—Habla mucho y dice muy poco, y cuanto menos habla, más oculta. Sabéis mi Señor que cuando un hombre fracasa en todas sus empresas co­menzando a atisbarse su inutilidad, solo le queda una alternativa para ganarse la vida —dijo Kimura. 

— ¿Cuál? 

—Dedicarse a la política o hacerse presentador de holovisión. 

El Conde soltó una fortísima carcajada. 

—Eres francamente adorable. 

Kimura se levantó y comenzó a preparar el té con impecable elegancia. 

—Eres de inestimable ayuda para mi pobre corazón —dijo sonriente el Conde. 

—No existe mejor manera de ayudar a alguien que enseñarle a ayudarse a sí mismo. 

El Conde soltó otra fuerte carcajada. 

—Encantadora —dijo acariciándole la mejilla. 

Kimura le escanció una taza de té, percatándose de cómo degustaba con la mirada su armoniosa esbeltez. 

—Eres tan bonita y pura como una llama de fuego surgida del sol. 

—Mi Señor es demasiado generoso con una humilde esclava que única­mente anhela servir y complacer a su amo. 

—De sobra sabes que eres para mí mucho más que una cortesana o un de­chado de maravillosos modales. No hostigues mi conciencia con tu humildad. 

—No soy digna de tanta bondad. 

—Eres mi debilidad. Muchas oportunidades has tenido de arrebatarme la vida y no lo has hecho. 

—Existe un refrán Shinday que… 

— ¿Shinday dices? ¿Acaso no son los guardianes del bosque Rebelis, esos antiguos guerreros que castigan a mis hombres en los Sistemas Fronterizos? —preguntó el Conde alzando una ceja con curiosidad. 

—Mi Señor, comprobareis que la sabiduría siempre debe ser bien acogida, a toda mente que se esmere por crecer sin importarle su fuente de origen. 

—Continúa, te lo ruego. 

La mente del Conde se sumergió en una única línea de pensamientos. Cuando uno veía de cerca la muerte, el alma le sacudía con unas ineludibles ansias de vivir, capaces de romper todos los principios y valores que en su día le transmitieron sus progenitores y ancestros. Les golpearemos en sus mentes y en sus corazones, les destrozaremos el alma hasta tal punto que se avergonzarán de sí mismos, de quienes les dieron el ser e incluso de vivir. 

—Es un refrán de tiempos ya remotos. <<Todo lo que te fortalezca, utilízalo. Todo lo que te debilite, deséchalo>>. Si os debilito, desechadme, mi Señor. 

—Muchas de tu clase dentro del Imperio detentan considerable poder e influencia. Tú nunca has aspirado a nada más que a servirme con devoción. ¿Desecharte? Nunca, mi dulce flor. 

—No soy digna de vos, yo… 

—Shsss, desde luego que lo eres —dijo el Conde posando los labios en los de la linda Kimura y deslizando su mano sobre su seno izquierdo, sintiendo cómo su pezón se endurecía al contacto de sus dedos. Su mente se diluyó entre retazos sueltos de varias palabras. Alga de Vitan, Valdyn. Una nueva raza… 




ISBN 13: 978-84-615-4395-3


Ravalione es una novela corta, extraída de una de las líneas argumentales de los dos primeros libros de la Pentalogía de Sillmarem, posteriormente ha sido incluido en el título: Épica Sillmarem, siendo ambos publicados en el año 2012.
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martes, 15 de octubre de 2019

EL PRECIO DEL PROGRESO (EXTRACTO DE: "EL VIAJE DE LEYNDER").




EL PRECIO DEL PROGRESO

EXTRACTO DEL LIBRO: EL VIAJE DE LEYNDER.









Durante siglos mucho se ha hablado y escrito de lo que es capaz de hacer el hombre. Especulando dónde se hallarán sus límites, sobre el umbral de su realidad y la capacidad de su lógica para descifrarla, manipularla y, por último, dominarla para su propio beneficio. Ignorando deliberadamente, o no, el posible precio a pagar por sus consecuencias. En ocasiones la realidad puede superar la peor de las ficciones. Ojalá que no tengamos que averiguarlo nunca… 












Un gesto para cambiar la vida natural.

Un gesto para modificar la realidad.

Un gesto para transformar el universo para siempre.










“Mirad, mirad más allá de vosotros mismos a las estrellas. Porque, os está esperando un universo de eterna belleza, para que lo descubráis, respetéis y améis sin límites”.


Leynder Kav









          Los disparos de los escuadrones de Ciberdrem junto a los desgarradores alaridos de sus víctimas golpeaban sus tímpanos con despiadada insistencia, aquella imparable crueldad emponzoñaba con ciega destrucción la serena belleza de aquel remoto orbe. Una milenaria y verdeante profusión de exóticas formas vegetales cubría su superficie planetaria siendo contemplada con fijeza por sus retinas artificiales, por última vez.  Había sido un mundo hermoso y virgen aún no destrozado por la mano del hombre civilizado, hasta ese momento. La  sargento Leynder Kav inclinó la cabeza comprobando cómo, en las claras orillas del río, amplias manchas escarlata de sangre humana teñían las hojas de su ramaje al inclinarse y empaparse con la nueva savia de la muerte.

        Sus rodillas se sumergieron en el agua, adentrándose por una espesa barrera de juncos que oscilaron a su paso, para después salir a un chamuscado cañaveral repleto de picajosos mosquitos.

Aquel planeta  Inkivis, era considerado oficialmente como un OMSS (Orbe ubicado más allá del Sistema Solar).  

La Tierra era un planeta superpoblado y  contaminado. Por éste y otros motivos, jóvenes colonos habían recorrido un largo viaje para asentarse en aquel prometedor lugar y construirse con su trabajo y esfuerzo un nuevo futuro.

En cierto modo lo habían logrado, durante diez años habían creado una próspera y pacífica comunidad local, sobre la cual habían solicitado el reconocimiento oficial como planeta independiente al Consejo de la Alianza Colonial. Legalmente el planeta les pertenecía, los títulos de propiedad así lo establecían.

Todo fue como la seda, la resolución para su autonomía gobernativa había estado cerca hasta que sucedió algo inesperado.

Un grupo de exploradores de la corporación Ciberdrem,  había estudiado y localizado ilegalmente (es decir sin el permiso de sus propietarios: Los colonos) muestras de un mineral conocido como Tirnatanio, el cual se pagaba en la Alianza Colonial a diez millones de créditos el kilo, era muy escaso y en aquellos instantes era una pieza clave para el funcionamiento tecnológico de los sistemas de navegación de las naves interplanetarias del momento.

Ciberdrem, consciente del descomunal beneficio que le otorgaría el monopolio de aquel filón, trató de comprar los derechos de explotación e incluso el planeta a los colonos locales, sus legítimos dueños, pero para su sorpresa éstos se negaron en redondo, no eran presa de la avaricia, solo querían un mundo en el cual vivir tranquilos.

Ciberdrem trató de negociar, presionarlos, chantajearlos, amenazarlos, pero todo fue inútil.

Los problemas para los lugareños comenzaron cuando extrañamente la resolución para reconocer su independencia y autonomía legal comenzaba a retrasarse.

Esto oportunamente provocó un vacío legal que fue aprovechado por la corporación de Ciberdrem para actuar como todos los imperios macroeconómicos o políticos de la historia habían hecho: sin escrúpulos. Ciberdrem usó sus mejores herramientas: la estafa, el engaño, la explotación, la violencia y, por último, el asesinato. La cantinela de siempre: el abuso de los más fuertes sobre los más débiles.

Aunque, una vez más, los colonos volvieron a sorprender a la corporación rebelándose y, contra todo pronóstico, plantándoles cara. Se resistieron y contrataron un grupo de defensa dirigido por dos expertos militares, el Capitán Ditan Tanau y la sargenta Leynder Kav; ambos habían actuado como grupo de rescate e incluso como mercenarios en misiones de pacificación, aunque no eran asesinos, cualidad cada vez más escasa en su oficio.

En un principio el grupo de defensa logró rechazar los ataques de castigo e intimidación de los asesinos profesionales de la corporación, con la esperanza de que la resolución llegase pronto y obtener así la protección de la Alianza Colonial.

Todo se vino abajo cuando la corporación decidió usar los pesos pesados de su sección militar, los famosos escuadrones blindados de asalto de Ciberdrem.

Literalmente les aplastaron, Ditan Tanau trató de rechazarlos mientras Leynder acompañaba al resto de colonos supervivientes a naves de transportes interplanetarias, previamente equipadas con alimentos y agua para poder encontrar algún otro lugar en el que poder vivir en paz, lejos del poder de las corporaciones planetarias.

 Las probabilidades eran escasas, pero quedarse allí era morir absurdamente para nada. Este era el verdadero precio del progreso: la muerte y la explotación de los más débiles. En aquellos instantes Leynder buscaba a su Capitán y amante Ditan Tanau, su biolocalizador le indicaba que éste se hallaba muy cerca con sus constantes vitales intactas, pero su intercom de pulsera no daba señales de estar operativo. Súbitamente varias señales parpadearon alrededor de la señal localizada del Capitán, alguien le había encontrado primero. Leynder cargó su fusil de asalto y avanzó todo lo rápido que pudo consciente de que aquellos segundos serían cruciales para la supervivencia de ambos. 

Por otra parte, el Capitán Tanau, casi  al final de un anaranjado atardecer a sus espaldas que nada tenía de pacifico, comprobó cómo un viento que soplaba frío y cortante le hacía sentir que se le helaban los dedos de las extremidades. Ditan estudió el relieve de aquel territorio y contempló por un momento los picos nevados de sus cumbres, no le extrañaba nada que los satélites confiscados por las tropas de Ciberdrem le siguieran registrando palmo a palmo el terreno, si no le daban por muerto los cazadores estarían cerca de su rastro.

Se preguntaba dónde demonios estaría Leynder Kav, ya que estaba cerca del punto de encuentro que ambos habían prefijado con sus hombres.

Ditan Tanau era un combatiente experto, pero la distracción que tuvo era de las que se solían pagar con la vida, fue solo un segundo pero más que suficiente para activar la trampa a sus pies.

Ditan esquivó la primera Aracnored-trampa surgida de la oscuridad, una segunda red a punto estuvo de atraparle el pie derecho, la tercera le hizo tropezar y la cuarta y quinta lo envolvieron como una araña envuelve en su tela a su presa. Cuanto más se movía, más se apretaban las flexibles ligaduras de las redes metálicas. Sintió cómo un golpe seco le hacía morder el polvo con violencia, apenas pudo girar el cuello atisbando de refilón la musculosa figura de un mercenario de Ciberdrem ataviado con una armadura de asalto y una máscara opaca que ocultaba su rostro, otorgándole un aspecto siniestro.

—Vaya, vaya, ¿pero qué tenemos aquí? Si es un Cibornatico, extraño pero interesante —siseó con odio el mercenario.

Ditan en vano agitaba con frenesí sus dedos, su cerebro se esforzaba por evaluar la situación buscando una salida. Un círculo de figuras surgió a su alrededor, debían ser una partida de caza, alguien le soltó un puntapié provocando las risotadas de sus compañeros.

—Tu nombre y graduación, ¿para quién sirves?
—inquirió una voz enérgica.

La boca metálica de un arma presionó su sien. Un escalofrío recorrió su cuerpo, debe ser un oficial, pensó Ditan angustiado. Lo habían atrapado como a un vulgar novato, era tarde para lamentaciones, se divertirían con él torturándolo para después incinerarle. No podía morir, ahora no, así no.

— ¿Qué haces aquí? —preguntó el mercenario.

— ¡Habla! —insistió otro con la voz deformada por su máscara de protección, su mano derecha desenfundó con premeditada lentitud un largo puñal de campaña.

 — ¡Contesta! —de nuevo aquella voz autoritaria.

Algunos Ciberfelinoides, apenas sujetados por sus amos, le lanzaron dentelladas, mordiendo el aire por escasos centímetros.

 — ¿Dónde están el resto de tus hombres? ¡Habla! ¿Cuántos sois? ¿De dónde venís?

—Maldito bastardo, ¡habla!

        Los Ciberfelinoides comenzaron a rugir a su alrededor con frenesí, sus ojos adquirieron un brillante color rojizo como señal de inminente ataque.

—Morirá antes de decirnos nada, es obstinado —se lamentó un mercenario empujándole con la culata de su arma.

Junto a su hombro, otro compañero escupía a su lado un oscuro trozo de tabaco mascado, mostrando una maliciosa sonrisa.

—Estás acabando con mi paciencia, ¡maldito cabrón! —siseó el oficial con rabia.

Ditan se mantuvo inmóvil y silencioso.

—Registradlo, quitadle lo que tenga de valor y descuartizadlo para los bancos de órganos de la corporación, puede que saquemos algo de dinero —ordenó con frialdad el oficial.

Un mercenario se acercó tirando con fuerza de su cabellera hacia atrás.

—Tranquilo, no te dolerá, te lo prometo —aseguró sonriente desenfundando su cuchillo de campaña, con una facilidad adquirida en sus muchos años de práctica. Era un asesino experto.

No hubo acercado su oscura hoja cuando se llevó ambas manos al cuello sintiendo que le faltaba el aire, algo metálico le había traspasado la garganta y un chorro de sangre salpicó sus enguantadas manos, desplomándose cuan largo era sobre Ditan, que ya casi se había dado por muerto. No obstante, por el rabillo del ojo pudo percibir la fugaz silueta de un atacante abatiéndose salvajemente sobre dos de los mercenarios de Ciberdrem. Una lluvia de discos-láser silbaron a su lado incrustándose en sus armaduras. La acción se desarrolló con inusitada rapidez para Ditan, entre una nube de polvo recién levantada.

De nuevo más estrellas voladoras de Nitenio se clavaron en los cuellos de los Ciberfelinoides. Las manos de un mercenario fulminado cayeron al suelo entre horribles gemidos, cortados en seco al ser degollado por el mismo atacante. A unos pasos de Ditan, y acto seguido, una difuminada figura atravesó el omoplato de otro mercenario con una incrusto-bayoneta láser en su mano derecha, con otro hábil movimiento enterró hasta la guarda de su arma en el pecho del oficial con su mano izquierda, para a continuación girar  y decapitar a un tercer mercenario, moviéndose con frenética rapidez. Aquella fugaz silueta parecía la misma personificación de la muerte a pleno rendimiento, su ataque había resultado devastador, vigilando sus espaldas y mirando a su alrededor, siempre alerta.

Ditan intentó ayudar pero estaba bloqueado de pies y manos, se sentía desprotegido como un recién nacido, lo cual no hizo sino aumentar su rabia.    
    
Alguien cortó sus ligaduras ayudándole a levantarse del suelo. Respiraba fatigado, a su alrededor sólo había cuerpos inertes y una pequeña nubecilla de humo.

Únicamente conocía a alguien que fuese capaz de moverse de esa manera, con tal equilibrio de potencia, precisión y vertiginosa rapidez, esa no podía ser otra que  la  sargenta Leynder Kav.

—Capitán Tanau, me cuesta creer que un soldado de su amplio historial de combate haya podido caer en una trampa tan infantil —ironizó la sargenta al tiempo que le tendía la mano para ayudarle a incorporarse.

Antes había bajado su fusil de asalto y desconectado su alargada bayoneta ígnea, la cual se enfrió automáticamente y se envainó en su funda, al tiempo que con otra mano enfundaba su machete de campaña.

—Créeme, a mí también me cuesta creerlo —dijo atrayéndola hacía sí para darle un largo, lento y apasionado beso en los labios.

Estaba muy excitado por haber estado a punto de morir, se encontraba con el único ser que le importaba más que su propia vida.

—Bien, veo que te alegras de verme, capitán. ¿Y ahora cómo demonios vamos a salir de aquí? —preguntó Leynder Kav.

—Mi intercom de pulsera está estropeado, por eso no pude ponerme en contacto contigo.

—Lo suponía.

— ¿Y los colonos? —preguntó Ditan.

—Han partido, aunque no todos.

—Mejor eso que nada —gruñó Ditan.

—Perra suerte la nuestra —maldijo Leynder Kav.

—Utiliza el código de contacto Alpha-4RRT555789, vendrán a recogernos a este cuadrante en menos de veinte minutos —ofreció Ditan mientras se sacudía el polvo de la ropa. En efecto, veinte minutos más tarde fueron localizados y recogidos por el resto de lo que quedaba de su grupo de defensa. Una ligera vibración arañaba sus tímpanos desde la parte trasera del aeroblindado. Con una furtiva mirada, Ditan pudo comprobar que uno de sus hombres, cuyo nombre ignoraba, con el cuerpo apretujado y los dedos temblorosos, se esforzaba entre los constantes giros y bamboleos del vehículo por sacarse un trozo de metralla enterrada en uno de sus brazos, soltando una imprecación apenas retenida entre dientes. Un escuadrón de capsucazas de Ciberdrem se les vino encima, usando a máxima potencia su artillería delantera.

—Esos bastardos no nos darán tregua —susurró Ditan.

—No quieren testigos de su carnicería a los colonos, vivos somos una significativa amenaza para sus intereses —expuso con fría lógica Leynder.

Ditan apretó los dientes, para su desesperación innumerables aluviones de descargas se les vinieron encima nuevamente, el cielo se cubrió de granates disparos y largas lanzas de fuego verde trazándolo con luminosos rayones, numerosas explosiones parchearon el aire a su alrededor.

—Debemos quitárnoslos de encima si queremos salir del planeta —gruñó Ditan. Leynder tomó los mandos del aeroblindado. Tanto a su diestra como a su opuesta, fugaces imágenes fantasmagóricas se deslizaban sin parar, mientras  trozos de ramas, rocas, tierra y árboles saltaban en llamas nublándoles la visión. Su vehículo, aunque no era pequeño, sí era más ágil, permitiéndoles escurrirse de los disparos sumergiéndose a impresionante velocidad entre la espesura, asomando de vez en vez por algunos claros en tanto una riada de explosiones y ráfagas de descargas láser lo segaba todo a su alrededor desde lo alto.

 Recibió varios impactos laterales que a punto estuvieron de hacerlo volcar, dañando seriamente uno de sus suspensores gravitatorios. Sus hombres trataban de disparar desde sus ventanillas pero, con escasa fortuna, apenas si podían mantener el equilibrio entre tantos bandazos y requiebros.

Los indicadores de su panel de mandos parpadeaban frenéticamente, sus motores estaban al límite de su capacidad, sus artilleros de cola disparaban al máximo de sus posibilidades, los capsucazas ganaban terreno peligrosamente. Leynder bien sorteaba las copas incineradas de los árboles, bien se sumergía de nuevo en sus mismas profundidades con bruscos giros y cambios de dirección, su cabina se estremecía con nuevos impactos, sus hombres no cesaban de gritar y maldecir.

—No podremos aguantar mucho —le advirtió Leynder.

Ditan decidió jugarse el todo por el todo, casi arrancó de su asiento a uno de los artilleros de cola y ocupó su lugar, activó el visor de seguimiento de su retina nanotecnológica y enfocó en su punto de mira a uno de los capsucazas, luego soltó un par de descargas derribándolo en el acto.

Fijó de nuevo su mira de seguimiento pese a los constantes giros y movimientos evasivos del aeroblindado, apretó sus disparadores alcanzando uno de los alerones del segundo capsucaza, el cual perdió el control y golpeó a otro de sus acompañantes; el tercer acompañante también fue golpeado, apenas pudo maniobrar, sin poder escapar a su vez de las fauces lumínicas del aeroblindado, seguidamente se fragmentó desperdigándose por todas partes trozos de su blindaje, en un brillante y cegador estallido.

Sus ansias por cobrarse su pieza de caza les habían hecho dejar a un lado toda cautela volando más juntos de lo que aconsejaba la prudencia, llevándoles a su perdición para regocijo de Ditan Tanau y sus hombres.

Leynder se permitió tomar más altura y, tras estudiar sus pantallas de detección y seguimiento, comprobó una posible ruta de salida de aquel sector. Segundos después aumentó de velocidad elevándose otro tanto, saliendo de un banco de nubes y pudiendo apreciar a través de la fría transparencia de sus escotillas el relumbrante y solitario brillo de las estrellas; alcanzaron la estratosfera percibiendo la curvatura del planeta.


Una fragata de pequeño tamaño les aguardaba para dar un salto hiperlumínico y dejar atrás el planeta Inkivis y a las tropas de élite de la corporación de Ciberdrem. Lo habían perdido todo, la misión, su dinero y la vida de la mayoría de sus hombres...