TIERRA DE CANGUROS
Tuve una noche repleta de horribles pesadillas. Extrañas imágenes y palabras se mezclaban en mis sueños: el fundador del imperio secreto, Zoran Verkof, me miraba iracundo; una sofisticada llave redonda, ocho cofres, un cofre oscuro, la sociedad de los ocho, una serpiente enroscada... todo se confundía en un inmenso mar de tinieblas oscuras.
No pude evitar levantarme temprano. Salí a cubierta. El sol todavía se asomaba y hacía frío y humedad. Hice una ligera inclinación de cortesía a uno de los vigías y, tras cruzar algunas palabras, mi mirada se perdió en el horizonte. En esos instantes, una profunda paz se adueñó de mi ánimo, lo cual agradecí profundamente. Una delicada mano se posó en mi brazo. La seguí. Me topé con la cálida mirada de Mei, ella sonrió y me ofreció una humeante taza de té. Asentí en silencio, profundamente agradecido. Sabía leerme muy bien; cada vez que la necesitaba estaba cerca de mí. Era una criatura fascinante, cuanto más la conocía, mayor era mi respeto hacia ella.
—¿Cuánto crees que tardaremos en llegar a Australia? —le pregunté.
—Debemos hacer varias paradas de abastecimiento: suministro de carbón, agua, víveres y reparar algunos desperfectos. También tenemos que contar con el clima. Puede que entre cuatro y seis semanas, aproximadamente —me dijo.
—¿A dónde nos dirigimos? —le pregunté.
—A Melbourne.
—¿A Melbourne? —le pregunté.
—Es el principal puerto marino de Australia, es un centro fundamental de transporte de mercancías; la lana y el oro son vitales para la economía australiana —me explicó Mei.
—¡Vaya! Pensé que Adelaida y Sídney eran más importantes —le dije a Mei.
—Casi todo el comercio pasa por Melbourne. Allí nos reuniremos con Miyamoto —dijo May.
—¿Por qué motivo? —le pregunté.
—Debe llevarse los cofres de la alianza secreta: todos excepto el de mi padre y el cofre oscuro. Aunque puede que cambiemos de planes.
—Entiendo. ¿Por qué Australia?
—Allí nos reunimos con otro de los miembros de la alianza secreta, se llama Orlando y, créeme si te digo que es todo un personaje.
—Me lo creo. ¿Cómo es Australia? —le pregunté.
—Es una nación joven con sangre nueva y es enorme. Vive principalmente de la agricultura, lana, trigo y extracción de minerales como el oro, la plata y el carbón. En las ciudades más grandes, la industria manufacturera se está desarrollando muy rápidamente. Mi padre tiene importantes negocios allí, tiene algunos contactos en el gobierno federal. En muchos sitios el estilo de vida aún refleja las tradiciones coloniales británicas. Los ferrocarriles están empezando a expandirse paulatinamente por el país.
—Tu padre es un auténtico hombre de negocios, por lo que veo.
—Es marinero principalmente, ama el mar, pero los tiempos cambian y ha sabido adaptarse a ellos. Es muy respetado por ser un hombre justo y honrado, es un hombre de palabra.
—También me lo creo.
—Hay muchas cosas que no comparte y lo supera a su manera.
—¿Como cuáles?
—«La ley de los aborígenes» en el estado australiano occidental les está haciendo mucho daño —dijo May.
—¿Y qué hace tu padre al respecto?
—Les ayuda en lo que buenamente puede a través de su amigo Orlando.
—No puede cambiar las cosas.
—Ni lo pretende, tan solo ayudar en lo que pueda. Créeme, mucha gente lo hace.
—¿Cómo?
—En silencio, es la mejor manera de ahorrarse complicaciones.
—Tu padre es una persona de muchas facetas —dije.
—La alianza de los ocho están cortados por el mismo patrón.
—¿Qué les une? ¿Algún tipo de credo, filosofía, religión o política? —pregunté intrigado.
—No sabría qué decirte, digamos que la vida y las experiencias que han sufrido y compartido han forjado entre ellos un código de lealtad muy especial.
—Es algo... inusual —dije.
—A veces sucede.
—Es curioso, tu padre es un hombre próspero de negocios de reputación respetado en muchos lugares y es capaz de arriesgarlo todo por ese vínculo con sus antiguos amigos, es algo asombroso.
—Hay cosas que no tienen precio, que te hacen ser quien eres, y que tu vida posea pleno sentido y significado para ti —me explicó Mei.
—¿Y qué es eso? —pregunté.
—Paz de conciencia, Thomas. Eso no se puede comprar, solo cultivar con una profunda honestidad —dijo Mei.
—Entiendo, disculpa si te he ofendido, por desgracia a veces uno pierde la fe en esas cosas.
—No te preocupes y créeme, hay mucha gente que vive con esos valores, aunque suelen ser muy discretos.
—Comprendo, creo que mi padre Demetrius también es así, pensarlo me llena de orgullo.
—No lo dudes.
—Me gustaría ser como ellos, en cierto modo...
—Ya lo eres, simplemente que aún no lo sabes —terminó por decir Mei, mientras se acercaba y me daba un cálido y profundo beso en los labios. Sentí cómo su fragancia me envolvía por unos instantes. No pude evitar estrecharla en mis brazos, ella me miró feliz y se retiró discretamente a su camarote. Yo aún llevaba la taza de té y tan absorto estaba que casi la derramé sobre mi pantalón.
Las semanas pasaron rápidas y aunque hicimos todo lo posible por ser discretos, Smile supo, como viejo lobo de mar que era, darse cuenta de nuestros sentimientos; aun así, se comportó como un auténtico caballero y comprobé para mi sorpresa cómo confiaba en el buen juicio de su hija completamente. Fueron unas semanas de ensueño, donde Mei me hizo comprender la belleza, complejidad y profundidad de su milenaria cultura y su mundo.
Mi primera impresión fue de asombro cuando pusimos pie en Melbourne, allí la conocían como «Marvellous Melbourne» (Melbourne maravillosa). Debido a su rápido crecimiento, la población se había duplicado en tan solo una década. Vivía por aquel entonces una rápida y audaz innovación tecnológica: corredores de tuberías y cables subterráneos, tendidos eléctricos cruzaban las calles y subían por los edificios. Era una ciudad dinámica y en claro y vibrante crecimiento. Llegamos tras descender del barco hasta la estación de Flinders Street. Era un punto de encuentro tradicional de la ciudad.
Pudimos observar algunos autobuses a vapor Chelmsford importados, aunque al final decidimos coger un tranvía y reunirnos en un discreto café a las afueras de la ciudad. En él nos esperaba Orlando y, para mi sorpresa, Miyamoto. Haruto y él se saludaron con discreta cortesía, y se retiraron a un apartado para poder hablar a solos. Con posterioridad, Smile se unió a la conversación acordando que Miyamoto se llevase en su barco los cofres de mi padre Demetrius y mi tío Konstantyn. Otro le fue entregado a Orlando, quedaban aún tres cofres cuyos dueños aún no conocía, dejando a un lado el cofre oscuro. Smile y Miyamoto se quedarían con los suyos. Mei me sirvió de guía una vez más. Nos escoltaron Néstor y Andros. Cuando Orlando se irguió de su mesa para ser presentado por Smile, no pude evitar mi impresión por su tremenda presencia.
Yo no era bajo, medía un metro ochenta y cinco aproximadamente, pero aquel hombre superaba los dos metros, poseía una constitución hercúlea, una media melena espesa de pelo castaño y unos ojos verdes inteligentes y de fuerte carácter. Cuando se acercó a mí, me observó detenidamente con una discreta sonrisa de aprobación.
—Así que ¿tú eres el muchacho de Demetrius? ¡Dame esa mano, muchacho! ¡Sé bienvenido a mi país!
Su apretón de manos me pareció como si unos alicates de acero aprisionasen las palmas de mi mano. Sus manos eran callosas y cálidas, de un hombre acostumbrado a trabajar al aire libre, a la intemperie y muy duro. Aunque algo me decía que había más en ese hombre, mucho más.
—Pero, ¿qué tenemos aquí? Estás magníficamente acompañado, Thomas. Mi querida May —dijo con profunda cortesía, besándole con delicadeza y gentileza la mano—. Es un placer verte de nuevo; mi esposa se sentirá muy feliz de tenerte de nuevo en casa.
—Me hace muy feliz que estés tan bien como siempre, Orlando. Será un auténtico placer visitar tu hogar —dijo Mei.
—Estaréis cansados. Este es un sitio discreto, pero limpio y decente. Podéis daros un baño, descansar y recuperar fuerzas antes de iniciar la ruta hasta mi casa —dijo Orlando.
—Muchas gracias, Orlando, tengo muchas ganas de ver a Emma y a los chicos —dijo Mei.
—Créeme, están enormes, unos hombrecitos.
—Me lo creo —dijo Mei sonriente. Orlando soltó una alegre carcajada, se retiró y una sirvienta nos condujo a las habitaciones de aquel lugar. Smile, Miyamoto, su hijo Haruto y Orlando se reunieron a hablar sobre varias cuestiones.
La verdad es que mi habitación era más acogedora de lo que pensé en un momento; era sencilla, pero bonita. Pude darme un reparador baño. Me cambié de ropa y sentí cómo alguien llamaba a mi puerta. Me quedé sorprendido cuando vi que Mei había cambiado su bonita y elegante ropa tradicional china por un atuendo típico del país. Debo reconocer que le sentaba de maravilla. Me invitó a seguirla, no sin antes darme un cálido beso en los labios. Bajamos las escaleras y nos reunimos esta vez en una acogedora sala de billar, con licores y tabaco. Todo el grupo estaba acomodado alrededor de una estupenda mesa con los restos de una contundente merienda; mientras Mei y yo comíamos algo, no perdíamos detalle de la conversación.
—Esto es mucho más serio de lo que pensaba. Quienes os están persiguiendo poseen muchos medios y recursos para daros caza, son gente con mucho poder. Aquí en Melbourne sois presa fácil
—dijo Orlando.
—Somos conscientes de ello, no sabemos quiénes son ni lo que quieren exactamente. Estoy siguiendo la ruta de viaje y el plano marcado por Demetrius, en una caja precintada que encontré en una cueva de una isla de Indonesia, cerca de las islas Komodo
—dijo Smile—. Parece una locura, pero es así.
—Si algo sé de Demetrius, es que nunca hace nada al azar —dijo Orlando pensativo.
—Debíamos entregarte tu cofre y a Miyamoto el suyo.
—Aún quedan tres cofres más —hizo notar Orlando.
—Cierto, debemos entregarlos a sus legítimos dueños —dijo Smile.
—¿Y el cofre oscuro?
—Por el momento no podemos abrir el contenido —dijo Smile.
—¡Este Demetrius, siempre tan enigmático! ¡Es propio de él!
—dijo Orlando medio divertido, medio con resignación.
—Bueno, lo hace por buenos motivos, de eso estoy completamente convencido —observó Smile con confianza.
—Debemos salir de aquí lo antes posible, partir hacia mi rancho. Allí estaréis seguros durante un tiempo; nada se mueve por allí sin que yo lo sepa. Preparad las cosas, partimos en una hora —dijo Orlando.
A medida que nos alejábamos de Melbourne, pude empezar a ser consciente de las tremendas dimensiones de aquel vasto país. Sus fincas, conocidas como station, no se parecían en nada a las de Europa. Según su tamaño, podían dedicarse a la cría de ovejas para lana o ganado. Las farms eran propiedades más pequeñas y diversificadas; se dedicaban al trigo, la leche o a la horticultura. El paisaje, a medida que avanzábamos, era tan hermoso como implacable en ocasiones.
Dejamos el ferrocarril y, al descender, nos encontramos con un nutrido grupo de escolta con caballos bien equipados, varias carretas de carga y un sulky, un carruaje ligero de dos ruedas. La station de Orlando era de las más modernas y prósperas de esa zona del país; poseía máquinas de esquilar mecánicas y telégrafo, gracias al cual nos estaban esperando.
Abarcaba cientos de miles de acres, una auténtica barbaridad. Pude comprobar que vivían muy aislados de sus vecinos y eran autosuficientes. Sus gentes eran muy resistentes y resueltas; producían sus propios alimentos y reparaban sus propias herramientas. Las cercas (fences) con postes de madera se perdían en la lejanía. Orlando era el propietario (squatter, en el sentido australiano de la época).
Nos presentó a su capataz (manager), un hombre robusto, silencioso y educado. A medida que avanzábamos, Mei me explicaba cómo era la vida en aquellas tierras. Los veranos eran extremadamente calurosos, las inundaciones repentinas podían ser devastadoras y las sequías podían hacer auténticos estragos en los cultivos y el ganado. Se trabajaba muy duro desde el amanecer hasta el anochecer.
Días más tarde, divisamos los primeros molinos de viento (windmills) para bombear agua de los pozos y las represas (dams) con tanques para almacenar agua de lluvia. Recibimos una cálida bienvenida de Emma. Pude comprobar con gran satisfacción que Mei y ella se adoraban.
Los hijos de Orlando eran unos muchachotes casi tan grandes y fuertes como el padre, aunque más alegres y despreocupados. Pude comprobar cómo en los cobertizos, establos, almacenes y en los workers' quarters (alojamiento para los trabajadores) a los aborígenes se les trataba con respeto y consideración. Smile me explicó que, por desgracia, en otros sitios no era siempre así.
Por fin llegamos a la homestead, la casa del propietario. Era de madera y ladrillo. Muy robusta y funcional, con amplios porches bien cuidados. Nos asignaron varias habitaciones y pudimos asearnos y descansar. Curiosamente, Orlando era muy parecido a Smile en algunos aspectos respecto a su amor por la innovación tecnológica. La casa estaba bien equipada e iluminada. Más tarde fuimos al comedor principal para disfrutar de una estupenda cena, con la carne más sabrosa que había probado en mi vida.







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